Después de pensarlo tantas veces sé que no es exactamente dolor. Es como una molestia, o un pequeño desgarro, o como golpearse una mano o el dedo de un pie. Quisiéramos haberlo evitado, pero nos recuerda que estamos vivos, que podría haber sido peor y sólo esperamos que pase.
Así sucedió conmigo.
No recuerdo nada anterior.
Parado en el medio de la habitación tratando de despegarme de esa superficie metalizada. Pegado por completo, como un insecto en una trampa pegajosa, pero sin sufrimiento, sin miedo. Sin embargo, recuerdo esforzarme por despegarme: la cara primero, la punta de los dedos, las pestañas, las rodillas. Lento progresivo despegue. Finalmente, como una pequeña figura de papel logro algo: pararme individual frente al espejo y observar ahora desde este lado del mundo.
Y vivo, sí. Parece mentira.
Pero siento el murmullo cuando me acerco.
Ahora camino por las calles cuando anochece.
Y todos se preguntan qué son esos cristales
en mi pelo
en los bordes
de la ropa.